3 septiembre 2018 - Por: Jeison Cifuentes Pérez

No más antifútbol en El Campín


La rutina de un hincha raso que va al estadio El Campín a ver un partido de Millonarios en esta Liga Águila comienza con ilusión y termina en desencanto, al ver cómo los juegos se desarrollan con la misma tónica. Un visitante agazapado, bloqueando juego, dejando el ataque como el segundo plan en importancia.

Millos tampoco se ayuda. Sin soluciones en ataque, termina en las discusiones y con pelotazos sin sentido que dejan poco o nada al espectáculo. Nos venden un buen partido, pero nos devuelven un bodrio difícil de asimilar. Un sinsabor enorme, con puntos perdidos que más tarde podrían costar clasificaciones a fases definitivas.

Los dos últimos partidos de Millos en Liga han tenido esa característica de primar las faltas que el buen desarrollo del juego. No se disputaron más de cinco minutos reales, cuando ya había un jugador en el piso, “quemando tiempo”. Qué pena ver a los rivales en ese plan, con planteles mucho mejor armados para salir a buscar algo más que la “gloria de un punto” sacado en la capital, como si con eso les garantizarán título o clasificaciones a copas internacionales.



La mezquindad de Rionegro Águilas y el Deportivo Cali contrasta con otras propuestas. Independiente Medellín le ganó a Millos con una metodología muy distinta, enseñándonos que con la tenencia se defiende, sin necesidad (aunque por momentos lo hizo) de apelar a la artimaña. Qué pena con entrenadores como Bernal y Pelusso, con equipos mejor conformados en experiencia, a diferencia de un Once Caldas juvenil, integrado por varios pelados llenos de desparpajo, enamorados del juego sin importar si están en el Palogrande o el Atanasio Girardot.

Es el espectáculo lo que están arruinando. Si se preguntan por qué la gente no está asistiendo a los estadios, ahí tienen una respuesta. Nivel discreto, con la tristeza de ver más triunfos visitantes o empates que victorias locales. Y cuando estas se dan a veces resultan de un partido plomizo, lleno de imperfecciones como si estuvieran jugando en la esquina del barrio.

Millonarios tiene que mejorar, sin objeción. Buscar otras alternativas distintas para resolver pronto el dilema de evitar el empate o derrota. La media distancia, jugar más rápido y con cambios de frente, provocando desajustes en los “buses” perfectamente parqueados en el estadio El Campín. Un poco más y hasta los rivales terminan con dos arqueros, más la complacencia de los árbitros a quienes también les cabe su recado: Dejen jugar más. Tanta sanción de faltas corta el juego de una manera tal, que no pareciese un campo de fútbol, sino un ring donde la primacía del más “macho” se impone al derecho de tratar bien a la pelota.













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